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Bitácora de la lluvia II

Updated: Jun 10, 2025

Día 13.

Le grité. No sé qué me pasó. Quizás fue la lluvia golpeando el cristal, la ciudad empapada, el paraguas rojo que ya no estaba.


Le grité al que siempre la seguía, al que caminaba sin paraguas como si la tormenta no le pesara. Pero no volteó. Ni siquiera se detuvo.


Salí. Por primera vez en no sé cuánto tiempo, bajé las escaleras y crucé la puerta. El aire estaba denso, como si la lluvia hubiera llenado cada espacio vacío. Caminé hasta la esquina, los zapatos hundiéndose en el agua acumulada en el asfalto. Pero él ya no estaba.


Día 14.

No volví a verlo. Busqué en las calles, en los reflejos, en los charcos que la lluvia dejaba atrás. Pero él no estaba. Ella tampoco.


En cambio, encontré una flor. Solitaria, de tallo torcido, atrapada entre la grieta de una acera. Amarilla y alta, como si hubiera nacido con la certeza de que el sol regresaría algún día.


No sé por qué la recogí.


Día 16.

El mundo huele distinto cuando uno lo camina bajo la lluvia. Huele a algo antiguo, a algo que ha estado aquí mucho antes de nosotros.


Las luces de los postes vibran con la neblina. En la distancia, alguien sostiene un paraguas amarillo. Casi lo confundo con ella, pero no es ella.


Sigo caminando. No sé exactamente qué estoy buscando.


Día 18.

En la plaza, un hombre vende flores. Me detengo frente a su puesto sin saber qué quiero.


—Esa es un giraflor —dice, señalando la que llevo en la mano. Me sorprende que aún no se haya marchitado.


—No sabía que tenían nombre.


—Todo lo tiene —responde. Me mira un momento, como si estuviera a punto de decir algo más. Luego vuelve a acomodar las flores en su mesa, sin apuro.


El giraflor tiembla en mi mano con cada ráfaga de viento.


Día 21.

Anoche soñé con ella. Caminaba bajo la lluvia, pero cuando intenté alcanzarla, mis pies no tocaban el suelo. Como si yo fuera parte de la niebla y ella parte de otra estación.


Desperté con la sensación de que el tiempo se estaba enredando en mis manos.


Día 25.

La primavera avanza, pero no la siento. Es como si hubiera quedado atrapado en un eco de la lluvia.


Hoy volví a la esquina donde la vi por última vez. La ciudad ya no estaba mojada, pero el frío seguía en mi pecho.


No sé si fue mi reflejo en una vitrina o si realmente vi una silueta detrás de mí.


No sé si fue el viento o si alguien susurró mi nombre.


No sé si estoy persiguiendo a alguien o si soy yo quien está siendo seguido.

 
 
 

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