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La Mona Lisa

Hay arte que es como la Mona Lisa. No por ser la mejor obra, sino por lo que representa. En la misma sala, colgados con humildad y resignación, hay cuadros que llevan en sus pinceladas la obsesión de un genio, el desgaste de décadas y hasta la sangre de quien los creó. Pero no importa. La Mona Lisa brilla, no porque sea superior, sino porque lleva consigo un aura, una historia que se cuenta mejor que las pinceladas mismas.


Un robo misterioso, una sonrisa que parece tener más secretos que respuestas, y un autor que se ha convertido en mito. Todo eso es más que suficiente para convertirla en un imán, no para los amantes del arte, sino para las familias blancas, obesas y artísticamente desinteresadas de clase media que arrastran sus pies por los pasillos del Louvre, sudando con la misma intensidad que fingen fascinación.


Ellos no están allí por Da Vinci ni por el Renacimiento. No. Están allí por el ritual. Tomar una foto desenfocada entre cabezas y brazos levantados para presumirla en Instagram con un filtro sepia, como si esa imagen pixelada pudiera justificar la entrada al museo. Ellos no son turistas. Son "turistas" entre comillas, una especie que transforma el arte en una atracción de feria: un destino, no una experiencia.


Y así, la Mona Lisa, protegida detrás de su cristal blindado, sigue alimentando su leyenda. Los que se detienen a verla por más de cinco segundos no están contemplando su técnica ni su composición. Están observando su fama, buscando entender qué la hace especial en un mar de lienzos ignorados que cuelgan a su alrededor.


Quizás no es su sonrisa lo que atrae, sino el reflejo de nuestra obsesión con lo que brilla. Porque el arte, a veces, no es lo que se pinta, sino lo que se cuenta. Y en ese aspecto, la Mona Lisa no tiene competencia.

 
 
 

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